Se dice con frecuencia que “el sentido común no es tan común o frecuente como cabría suponer” entre personas razonables, o, dicho de otra manera, que “no tiramos a entendernos como sería lógico en cada situación. Y es que, siguiendo con razones, no están hechas las personas para las, sino al revés, las normas para las personas. Viene esto a cuenta de las secuelas que nos ha dejado el tiempo encerrado motivado por la pandemia. Y sí. Antes de seguir con lo que el título inicial nos pueda sugerir, dediquemos algún momento a ese tiempo que tan desconsideradamente queremos dejar atrás. De ese periodo surgieron algunas enseñanzas positivas, al menos así se decía cuando había ocasión: Había quien descubría que más allá del tabique lindero había personas distintas de esos seres que con prisa encontrábamos en el ascensor, como las soledad de esa ancianita del rellano que no pasaba del “buenos días” vaya usted a saber si por timidez u otra causa. También se descubrían dificultades familiares junto a la creatividad rara para buscar soluciones, que, llegado el caso iban más allá al vecindario. Y yendo más allá, reconocíamos el valor de determinados servicios que, como el sanitario facilitan nuestra vida todo el año, y que debieran disponer de más medios para el bien de la comunidad. Por no decir que se puede rebajar el consumismo y aumentar la cercanía personal. Puede que esas ocurrencias queden en nuestra memoria y surjan en otra ocasión. De momento, lo que se ve es esa locura por volver a la situación anterior, hasta con algún desenfreno e inconvenientes nuevos.
Ahora si retomo el título. Parece, a mí al menos, que mantenemos algunos requisitos que, siendo necesarios o convenientes en los primeros tiempos de una covid19 que entonces se conocía poco, en estos momentos los son menos. Si las cosas son así, puede que mantener algunas medidas de entonces, puede significar mantener un lastre para recuperar los usos anteriores, muchos de los cuales llevarían a recuperar el contacto personal tan deseable en las relaciones humanas. Me he acordado de Mariano José de Larra que se quejaba de los vicios de la burocracia española de su siglo XIX. Uno de los vicios de entonces era la eternización de trámites que llevaban al frecuentísimo “vuelva usted mañana”. Algo que entonces tenía alguna explicación con las frecuentes cesantías del personal. Ahora, cuando la función pública había superado este y otros defectos, y expendiendo su modelo de eficacia hasta el sector privado, se ha acrecentado en gran medida ese recurso de la “cita previa”. Va pareciendo otra plaga añadida a cajeros y otras máquinas que van reduciendo el humano contacto.
No negaré que ese recurso puede ser en parte beneficioso a uno u otro lado de la ventanilla o mostrador. Sin embargo, tal medida no se muestra tan positiva cuando las listas de atención nos remiten incluso a muchos meses de espera. Bueno dejemos la sanidad, que ese es un caso especial y más a partir de la pandemia. Hablando de espera, se mantienen los mismos protocolos en instancias administrativas, oficinas bancarias y demás. Aunque las medidas de prevención se han reducido hasta en muchos casos quedar en uso voluntario, podemos sufrir el rigor del calor de este verano o el menor frio del invierno en la calle. Cuando se permiten las aglomeraciones de miles de personas tiene poco sentido que se mantengan estas situaciones. Sea cual sea el motivo de mantener protocolos tan desiguales, sería deseable que a quien corresponda, adecue las normas de protección colectiva en cada caso. Ya sea recuperar el uso de mascarilla u otro ara salvar a las personas de las inclemencias del tiempo. A la vez que también se acaban con ciertas inercias organizativas, se podría dar más fluidez al servicio, al poder aprovechar el turno de quien se no se presenta en el momento previsto, distinguir la simple retirada de un simple documento de una gestión más dilatada. En fin, que, propiciar se le de una oportunidad al sentido común, que la norma se haga para la persona y no la persona para la norma.