OPINIÓN | Y AHORA… ¿QUÉ CREO?

Jesús es el referente fundamental para los ideales y las complejidades de mi vida; lo reconozco como “el rostro humano de Dios”, como expresión de Dios en forma humana, dentro de los límites del espacio-tiempo.
Fue tan hondamente humano que nos mostró el “fundamento divino” de todo ser humano.

La revelación
Un atisbo de ese fundamento divino sería lo que llamamos revelación, y lo logran algunas personas en momentos especialmente sensibles.
Lo mismo puede decirse de los fundadores de otras religiones, que tuvieron otras experiencias semejantes y las explicaron en los términos de su propia cultura y filosofía. Ya sé que es el subconsciente el que las elabora con viejas lecturas olvidadas, pero me permito pensar que el subconsciente -el silencio de la mente- es el estado más propicio, para que nuestro espíritu se identifique con Dios Espíritu.

La Biblia
La Biblia es una antología de la experiencia religiosa del pueblo de Israel, con grandes momentos de profundidad mística; pero hay que tener en cuenta que los relatos más antiguos fueron reelaborados en el siglo VI ó V antes de Cristo, tras la vuelta del cautiverio de Babilonia, con el propósito de afianzar el nacionalismo del pueblo, basado en la alianza con Dios.
Sus escritos se dirigían a un pueblo analfabeto y tenían que presentar las ideas y las normas con ejemplos impactantes más o menos fabulados. Esto resulta hoy, inconcebible para nuestro sentido de la veracidad histórica.
Los primeros cristianos heredaron el sentido de pueblo elegido y elaboraron el Nuevo Testamento con la misma intención de interpretar los acontecimientos desde la perspectiva salvífica de Dios más que desde una estricta cronología de los hechos.
Jesús también vivió condicionado por su propia cultura, y además su figura nos ha llegado tamizada por sus historiadores y discípulos. Él mismo se interpretó como el Mesías prometido, aunque no como el Rey triunfante que esperaba la mayoría, sino como un Reinado de Dios en igualdad y fraternidad compartida.
Ni la Biblia ni los evangelios son “palabra de Dios”. En el mejor de los casos, podemos considerarlos como “mensajes de Dios”, expresados en palabras humanas, y entremezclados con mensajes meramente humanos, y a veces “demasiado humanos”. Nuestra tarea es discernir lo que hay de mensaje divino y/o mensaje humano.

Jesús de Nazaret
El ejemplo de Jesús de Nazaret, revela los valores inscritos en toda conciencia humana; él percibió en su conciencia con la mayor nitidez, cómo Dios amaba a los leprosos excluidos del templo, a la mujer adúltera, a la samaritana, a la cananea, al centurión del ejército invasor romano y al muchacho que le acompañaba.
En sus parábolas, reconocemos el mensaje de Dios porque traduce con claridad el apagado rumor que escuchamos en los recovecos de nuestra conciencia.
No pretendió demostrarnos nada, le bastó mostrase tal cual era para que sus discípulos, y nosotros, reconociéramos al Dios que llevamos dentro. Él confirmó la autenticidad de sus palabras, de su proyecto de reinado de fraternidad, con la entrega de su propia vida.
Sus parábolas sobre la Providencia del Padre, parecen desentonar con la total autonomía de nuestro hombre occidental, pero yo no puedo dejar de ver su influencia en los acontecimientos humanos.
Se trata de una intervención, de una insinuación perceptible para los que están a la escucha; una influencia semejante a la que tiene el ejemplo de los padres en el comportamiento de los hijos.
Más que desentonar, tengo que reconocer que desecho la idea, de que Dios necesitó el sacrificio de su hijo, como reparación por el pecado de Adán y por los futuros pecados de la humanidad.
La idea del sacrificio ritual, del chivo expiatorio, del cordero pascual, nos viene de los sacrificios del Antiguo Testamento y fue reforzada por Pablo de Tarso.
Mal refuerzo muchacho, porque contribuiste a liar esto cada vez más.
La idea melodramática de que Cristo murió por mis pecados, habrá logrado multitud de conversiones. ¡A costa de nuestra imagen del Padre!.
Si queremos basarnos en una auténtica relación con Jesús y con el Padre, tenemos que renunciar al sacrificio expiatorio, a toda clase de “cilicios”.
Jesús no murió por nosotros o, mejor, para nosotros. Murió por proclamar un Reino de fraternidad, en la que todos compartamos los bienes.
La Teología de la salvación tiene que ser reemplazada por una Teología de la Creación. Todo ser humano es “imagen y semejanza de Dios”, aunque esta imagen esté moldeada en endeble barro. Es esa imagen, ese amor generoso, lo que tenemos que recuperar.
Todos, creyentes y no creyentes, llevamos dentro el germen del amor. Es esa brasa lo que tenemos que espabilar, y más con ejemplos que con amenazas. Con ejemplos como el de Jesús.
Hay otros muchos referentes, pero él es mi referente fundamental. En la “oscuridad de nuestra noche”, Jesús ilumina las tablas enmohecidas del puente de mi conciencia.
Juan Parrilla Canales. Linares, 9-07-22

Referencias:
Gonzalo Haya. E. Mouriño. Leandro Sequeiros. J.A Pagola

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